domingo, 30 de enero de 2011

EL RENACER DE UN BOSQUE


Aquella mañana Andrés regresaba de hacer un servicio de los que habitualmente hacía todos los días.
Era piloto de avionetas en una empresa privada, llevaba y traía pasajeros diariamente.
Pidió permiso para aterrizar, todo estaba en orden y empezó las mismas maniobras de siempre.
El tren de aterrizaje falló.
No hubo supervivientes.

Había pasado un año desde que Andrés murió. Lucía, su mujer, se había instalado en Dakamun, un pueblecito, de una belleza excepcional, del cual Lucía guardaba recuerdos de su niñez.
No soportaba seguir viviendo en la casa donde habían tantos recuerdos; momentos compartidos, fotografías, regalos, objetos que le recordaban a Andrés.
Después de mucho pensarlo decidió empezar de nuevo en otro lugar.
Lucía era una mujer de gran vitalidad que amaba la vida a pesar del duro golpe que le había dado. El recuerdo de Andrés era tan limpio y puro que sabía que desde donde estuviese la iba a proteger.
Su relación se basó siempre en el mutuo respeto y la pasión de ambos era la belleza de todo aquello que tuviese vida.
Qué mejor sitio para empezar de nuevo que aquel pueblo que gozaba de todo lo que ellos admiraban.
Compró un caserón a las afueras de aquel pueblo con aromas entremezclados a naturaleza viva, desde donde podía contemplar el mar, las montañas y disfrutar de los olores de la tierra, olor a jazmín, hierbabuena, azahar, romero; era el sitio perfecto para iniciar una nueva etapa en su vida.
Su hijo Santiago era una persona independiente y según él, se declaraba, bohemio, como sus padres.
Le gustaba viajar, tenía 28 años, su casa era su caravana con la que iba al norte o al sur, allá donde sabía que era la temporada de trabajo. Igual trabajaba de monitor de esquí, en Pirineos o los Alpes, que de camarero en las terrazas de verano de alguna ciudad costera. Necesitaba poco para vivir, su caravana le daba pocos gastos, así iba viajando de un lugar a otro.
Aunque la profesión de Andrés había sido piloto, su pasión junto a la de Lucía había sido todo aquello que se movía alrededor del arte y así habían educado a su hijo, Santiago, desde el respeto, la liberad y la pasión por la naturaleza y el arte.
Lucía era licenciada en Bellas Artes, aunque no se dedicó a su carrera plenamente, tenía claro que para ella lo mas importante era su familia, a la que adoraba, su marido era su compañero, su amigo, su amante, su confidente, todo. Habían creado una vida juntos y ahora ella empezaba otra sola.
Lucía siempre había estado en contacto con su profesión. Hizo exposiciones de cuadros y esculturas, también fue profesora en la universidad. Siempre trabajo temporalmente mientras su hijo fue pequeño. Expuso en galerías. Amaba ese mundo y lo había compartido con su compañero y su hijo.
Solía hablar con él, cómo si aún siguiese entre ellos; le contaba sus planes, sabía que él le escuchaba desde donde estuviese y que contaba con su apoyo, siempre lo tuvo.

La casa que compró era un antiguo caserón que ella misma había restaurado de forma que tuviese la mayor luz posible, le gustaba la luz natural, abrir las ventanas y ver el cielo, el sol, las estrellas, sentir el aroma de la lluvia, todo aquello que le llenaba de libertad y los grandes espacios donde poder trabajar en sus nuevos proyectos.
Esa mañana se levantó con gran vitalidad, ansiosa de hacer cosas. Se dirigió al baño y se metió en la ducha, le encantaba el agua caliente, que dejaba correr por su cuerpo sintiendo su caricia. Se desperezó bajo la cascada de agua levantando los brazos, como queriendo abrazar el cielo, estuvo un rato disfrutando de la ducha y decidió salir. El cuarto de baño era grande y tenía un espejo que ocupaba toda la pared haciendo que pareciese aún más grande e iluminado. Mientras se secaba, se miró al espejo y sonrió...
-¡Bueno, tampoco estoy tan mal para mis 55 años! – pensó, mientras se recreaba mirándose.
-¡Incluso teniendo el pelo blanco! así cortito me da un toque de... bueno...Andrés me decía que me daba un toque sensual.- pensó mientras se encogía de hombros, sonreía y levantaba las cejas en un alarde de coquetería. Tenía un aspecto juvenil y jovial, y ella lo sabía, le gustaba tener un toque de rebeldía natural. Se vistió y desayunó en el porche desde donde veía el mar y aspiró el agradable aroma de la mañana; para ella era como una inyección vital que le gustaba tomar cada día.
-¡La verdad es que esto es precioso! - Dijo en voz alta mirando a su alrededor. Cogió sus cosas y se dispuso a subir a su coche, tenía que ir a Dakamun para hacer gestiones y comprar material que necesitaba para el proyecto en el que estaba trabajando. Fue a correos a recoger un paquete. Hizo la compra para casa en el supermercado y decidió ir a tomar un café al puerto, le encantaba sentarse en alguna de aquellas terrazas desde donde se veía el entrar y salir de los barcos pesqueros al puerto y observar a la gente paseando mientras se imaginaba sus historias. Tenía pensado hacia tiempo escribir un libro, era su asignatura pendiente, Lucia era muy observadora, tenia almacenado datos, personajes, situaciones y las iba describiendo en su libreta de notas, hasta que llegase el día en le apeteciese que todos aquellos apuntes tomasen forma y vieran la luz.
La gente de Dakamun vivía mayoritariamente del mar y del turismo. Tenía un pequeño puerto natural abrazado por las casas de sus habitantes y con las espaldas cubiertas por aquellos montes que se alzaban tras ellos. Todo estaba alrededor del puerto y esto le daba un encanto especial que hacía que el turismo se sintiese bien allí, entre el mar y las montañas.
Sus habitantes no querían perder aquel encanto que caracterizaba su pueblo y en la medida de lo posible intentaban mantener la uniformidad del mismo.
Dakuman está situada en la desembocadura de la ría del mismo nombre. Su fondo era arenoso y se encontraba dentro de la Reserva de la biosfera del Urbadai. Es frecuentada por surfers de todo el mundo que trepaban por las rocas para lanzarse al agua y cabalgar por esas gigantes olas de las que solo lugares como Dakamun ofrecía a los amantes de éste deporte. Alguno de sus principales atractivos turísticos eran pasear por las tranquilas y bellas calles del pueblo con su magnifica panorámica de la ría de Gercani.
Los surfistas de élite afirman que allí se forma la mejor ola de izquierda de toda Europa.
Antón es el alcalde de Dakamun, aunque todo el pueblo le llaman Brus, por su aspecto extranjero. Antón rondaba los cuarenta años y estuvo casado, aunque su mujer se fue a la ciudad hacía cinco años; el pueblo que tanto le gustaba a Brus a su mujer se le quedó pequeño y tras hablarlo muchas veces con su marido, decidió volver a la ciudad. Brus era un hombre que tenía por costumbre obrar con meditación y reflexión, al que le gustaba la vida sencilla que tenía en Dakamun, pero no podía obligar a su mujer a quedarse allí con él, la entendía y tenía que respetar sus convicciones, pero no compartían la forma de vivir la vida. La decisión de Brus fue quedarse y dejar volar a la mujer que tanto había querido.
Brus adoraba el mar, su pueblo y su entorno abrigado por los montes. Tenía una pequeña tienda de ropa de importación de de todo aquello relacionado con el surf, también fabricaba las tablas con las que la gente se deslizaba por las ola huecas y largas.

Lucía después de tomar su café en aquella terraza, pensó que ya era hora de hacer una pequeña excursión por los alrededores y descubrir los parajes del interior, cogió su coche y se adentró por los caminos que le llevaba hacia los montes, de pronto al salir de una curva, paró su coche, no podía dar crédito a lo que estaba viendo, todo estaba prácticamente quemado, se quedó apesadumbrada, nunca había visto tanta devastación. El paraje había quedado desolado, después de mirar semejante calamidad durante unos minutos, sintió que unas lágrimas le brotaban de los ojos, mientras iba recordando imágenes de su niñez, cuando iba a veranear al pueblo con sus abuelos; todo estaba igual menos los montes que habían adquirido un color grisáceo enlutado. Subió de nuevo a su coche y se dirigió al pueblo a terminar de hacer sus gestiones con la sensación de sorpresa disgustada.
Debido a su carácter jovial, había hecho sus amistades con los nuevos vecinos, siendo bien acogida allá donde iba. Sus abuelos habían sido gente muy conocida por todos.
Entró en una tienda en busca del material que necesitaba.
-¡Buenos días! ¿Qué tal Teresa? -le dijo a la dueña- He ido a dar una vuelta por al monte..., no sabia que se quemó.
_ Si, ya hace unos años, sabemos que fue intencionado, pero nunca cogieron a los responsables. Las promotoras han intentado por todos los medios que les vendiésemos el terreno, pero Brus, nuestro alcalde no ha dado su brazo a torcer, la gente de aquí no quiere que se construyan grandes urbanizaciones que hagan perder nuestro entorno de siempre, por mucho dinero que nos ofrezcan. Estamos intentando, como podemos y con la ayuda de Brus, la reforestación del monte, pero ya sabes que eso supone muchos años de trabajo y se necesita mucho dinero para el proyecto, pero vamos haciendo cosas..., poco a poco. Hemos limpiado parte del desastre y plantado árboles y plantas autóctonas, pero claro se nos echa el tiempo encima, el ayuntamiento a promovido una campaña para recaudar fondos, pero, Lucía, ya sabes como son estas cosas.- Le dijo Teresa indignada y con el semblante triste.
-Seguro que el proyecto sigue delante, Teresa y nuestros nietos volverán a ver el monte verde.- Le contestó Lucía
- Estoy buscando un material nuevo para mi escultura, me gustaría que no tuviese nada de peso, lo más ligero posible, aunque no se muy bien..., aún estoy haciendo pruebas.- Le contó.
-No sé, debería saber con exactitud lo que necesitas, ¿por qué no hablas con Brus? él utiliza esa tipo de materiales para fabricar sus tablas de surf, quizás te pueda ayudar, tiene el taller junto al embarcadero, dile que te mando yo, te atenderá bien. Es un buen hombre.
- Bueno..., pues gracias Teresa hasta otro día.- Le dijo Lucía despidiéndose con sonrisa agradecida.

Encontró el taller fácilmente. No había tenido aún la oportunidad de conocer a Brus personalmente. Lucia entró en el taller y lo encontró trabajando en una de sus tablas que le habían encargado desde Andalucía para el próximo verano. La tienda que tenia junto al taller estaba llena de ellas y de accesorios para surf, había mucha gente que conocía el pueblo por ser una zona perfecta para esta práctica.
-¡Hola, buenos días!, perdona, estoy buscando a Brus...
-Hola, ¿qué tal? Yo soy Brus, en que te puedo ayudar,- le contestó ofreciéndole su mano cortésmente.- En realidad mi nombre es Antón, aunque la gente del pueblo me llaman así porque dicen que parezco uno de lo extranjeros que vienen hacer surf !ah! también soy el alcalde para lo que te pueda ayudar...- le dijo guiñándole el ojo en un alarde de simpatía campechana, a lo que Lucía respondió con una atrayente sonrisa y un apretón de manos. Le pareció un hombre alegre y atractivo.
- Vengo de parte de Teresa, la señora de la tienda que hay al lado de correos, me dedico hacer esculturas y otras obras y necesito un material que sea..., con poco o ningún peso, para un proyecto que tengo, me dijo Teresa que utilizabas ese tipo de materiales y aquí estoy,- le fue diciendo Lucía.- Vine a vivir aquí hace mas o menos un mes y aún ando un poco despistada. Vivo en la ladera de la montaña, en la casona.
-¡Ah, sí!- afirmó Brus- he oído hablar de ti, ¿tus padres eran de aquí, no?
-Mis abuelos maternos y, ¡mi madre, claro! yo vine de pequeña algún verano, pero ya sabes...luego te haces adolescente y no valoras el encanto de la sencillez del pueblo, y dejas de venir. Me quedé viuda hace un año más o menos y pensé que lo mejor que podía hacer era volver, los recuerdos que tengo de mi niñez, la verdad... me hacen sonreír, con la grandísima suerte, al menos para mí, de que el pueblo no ha cambiado prácticamente nada - le iba contando a Brus-. Vengo de dar un paseo por el monte y he visto como ha quedado, ¡dios, que desastre!-dijo enojada Lucía.- Me dijo Teresa que estáis trabajando en la reforestación sin manos mercenarias.
-Sí- afirmó Brus-.La verdad es que es un gran problema, me alegra saber que se solidariza con el pueblo.
-¡Por supuesto! -le confirmó Lucia- me encantaría ayudar en lo que pudiese, ¡claro que sí! -la mirada limpia de Brus empezó a ponerla nerviosa- bueno... yo venia por el material...
- Veré lo que puedo hacer -le contestó Brus- si se le ocurre cualquier cosa o idea nueva para intentar volver a hacer que renazca nuestro monte le estaríamos muy agradecidos.
-Seria un placer poder ayudar, cuenta conmigo -le dijo- tengo que irme, está atardeciendo, vendré otro día con más tiempo y hablamos del tema y también de mi material, a ver que me has conseguido, hasta pronto-. Lucía se despidió con una de sus bonitas sonrisas.
-Espero que sea pronto -le contestó Brus- .Hasta pronto.

Lucía se dirigía hacía su coche cuando sonó su móvil. Era su hijo Santi.
-¡Mamá! ¿que tal? ?como estas? estoy aquí en el pueblo -le dijo Santi-.Si, he venido a pasar unos días contigo, estoy en el camping, he ido l a dar una vuelta por el pueblo con la bici, quería verlo ya que nos has hablado tanto de el -le iba contado Santi- he hecho un poco de turismo rural por mi cuenta, ya me conoces..., perdona si no te he llamado antes, quería verlo antes de que nos viésemos, tenias razón mamá, tiene un encanto y un aroma especial.
Lucia, viendo que no cesaba de hablar le cortó,-¡Cariño! paso a recogerte y vamos a casa, ya veras como te gusta, tendrás muchas cosas que contarme y tengo muchas ganas de abrazarte, hijo, voy para allá -le dijo cortando la comunicación, se moría de ganas por abrazar a su pequeño hippy, como ella le llamaba, se parecía mucho a Andrés.
Santi, había ido antes a Valencia a la casa familiar y traía el correo que aún llegaba.
Cuando llegaron a casa era la hora de cenar, se prepararon algo rápido y se sentaron en unos troncos que Lucía había convertido en sillones, llenándolos de almohadones de distintos colores fuera, en el zaguán, hacía una buena temperatura, era el mes de mayo y se estaba bien cenando bajo el cielo envueltos de estrellas y respirando el aroma de la noche.
-Siempre has tenido un sentido especial para rodearte del mejor escenario -le dijo Santi- esto es precioso, se respira mucha tranquilidad. Cuando estuve en el pueblo esta mañana, hablé con gente, me han contado lo del incendio.
-Sí, yo no sabia nada, esta mañana fui a dar un paseo por el monte y lo he visto. Después estuve haciendo gestiones en el pueblo y pregunté que había pasado. Aquí la gente es muy amable, están trabajando para reforestarlo, tienen proyectos, pero se necesita mucho dinero y muchas manos desinteresadas para hacer efectivo los proyectos. He conocido esta mañana al alcalde, Brus, y hemos estado hablando..., seguro que se me ocurre algo para ayudar -dijo Lucía pensativa.
- Estoy seguro mamá -le contestó Santi- ¡por cierto! he pasado por Valencia y he ido a casa, te he traído el correo. Lucía le cogió la mano y acariciándole la mejilla le dijo sonriendo; ¡Me recuerdas tanto a papá! bueno... es tarde, vamos a dormir, mañana tenemos muchas cosas que hacer.
- Yo me voy a la caravana, mamá, mañana vendré pronto, un beso mamá, hasta mañana. Cuando Santi se fue, Lucía se quedó un rato más en el zaguán mirando las cartas que Santi le había traído: entre ellas había una de una compañía de seguros, Lucía se extrañó, pensó que sería publicidad, la abrió sin ningún interés, pero la cara le fue cambiando de expresión conforme la iba leyendo.
Era un seguro de vida que su marido había contratado años atrás sin ella saberlo. También hablaba de un sobre que Andrés había dejado para que se lo dieran junto al dinero de la póliza.
Lucía miró al cielo. -¿Por qué Andrés?- preguntó para sus adentros- incluso después de irte me sigues sorprendiendo, ¡te echo tanto de menos! -pensaba mientras se deslizaban unas lágrimas por sus mejillas.
Estuvo en el zaguán largo rato pensando, recordando, añorando, hasta que el cansancio le venció y se quedó dormida con la noche como techo, las mejillas mojadas y una suave sonrisa; siempre sonreía cuando pensaba en Andrés.
El frescor de la mañana la despertó, la panorámica que desde allí disfrutaba, le hacía sentirse privilegiada, se acurrucó bajo la manta que le cubría y se dejó llevar por el amanecer sin poder quitar la mirada del horizonte, como hipnotizada por tanta belleza. Su casa se encontraba de espaldas a las montañas, por lo que desde allí no podía ver la imagen árida del monte, pero aún así no dejaba de pensar en ello.
Cuando más tarde Santi llegó, le preguntó si había algo importante entre el correo, Lucía le dio la carta para que la leyera, mientras ella le miraba.
Cuando terminó de leerla, Santi le preguntó a su madre si sabía algo de la póliza.
-No, no sabia nada, yo no era partidaria de ello, además solo de pensar en la finalidad de la póliza se me ponían los pelos de punta, no quería ni pensar que algo le pudiese suceder a papá, pero ya ves, lo hizo igual, sin decirnos nada -le contestó Lucía- tendremos que ir a Valencia, pasaremos allí unos días y solucionaremos esto.
Salieron a primera hora del día siguiente. Llegaron a Valencia por la tarde. Al regresar a casa Lucía se sintió triste. Volver a dormir en aquella cama que aún conservaba el olor de Andrés se le hizo duro y prefirió dormir en la habitación de invitados. A la mañana siguiente fueron a la compañía y les dieron todos los detalles. Resolvieron todos los papeleos y se dispusieron para ir al restaurante de unos amigos a cenar. Lucía no abrió la carta de Andrés, lo reservó para cuando estuviese sola. Pasaron en Valencia una semana y dormía cada noche con la carta sin leer entre sus manos. No le importaba el dinero que Andrés tuvo a bien dejarles, solo las palabras que le había dejado escritas tenían valor para ella.
Llegó el día de partir hacia Dakamun, Lucía y Santi se despidieron de sus amigos y retomaron el camino de regreso hacia su particular paraíso, con aquel pequeño trozo de papel que Andrés le había reservado a Lucia. Llegaron al pueblo ya entrada la noche, Santi dejó a su madre en casa y se fue a su caravana. Lucía cogió una pequeña manta; esa noche hacia fresco, se envolvió en ella y salió al zaguán. Se tumbó en uno de los escañiles que tenia lleno de almohadones; olió el sobre, creyendo que iba a tener el aroma de Andrés y, aunque no fue así, miro al cielo y le pareció ver su rostro reflejado en la luna, como si la estuviese mirando. Abrió el sobre lentamente, cogió la hoja que había dentro y se dispuso a leerla. Era una carta sin fecha.





















Mí amada Lucía:

No sabes cuanto siento que estés leyendo esta carta. Deje escrito que te la entregaran un año después de mi último viaje, sé que no hubiese sido bueno para ti recibirla con mi partida reciente. ¡Cómo me gustaría estar a tu lado! ¿Estás bien, mi amor? no te preocupes..., estoy seguro de que has conseguido salir adelante, te conozco, eres fuerte y amas la vida como yo la amaba y sé que mi recuerdo te ha hecho resurgir de ti misma. Perdóname, por no haberte dicho nada de esto, sé que no me lo hubieras permitido, pero mi trabajo tenía sus riesgos y como ves así ha sido. Este es mi regalo de despedida. Sé que harás buen uso de el, confío en ti plenamente y encontraras la forma de convertirlo en un bonito regalo. Los dos amábamos las mismas cosas y a nuestro hijo.
Habrás empezado una nueva etapa en tu vida, yo estaré velando por ti desde allá donde esté.
¡Vive Lucia! ¡Vive por mi! cuando nos reunamos quiero ver esos surcos que deja la vida en la piel, no tengas prisa por reunirte conmigo, yo tengo toda la eternidad para esperarte y tu tienes muchas cosa que hacer aún. Enamórate y se tan feliz como nosotros lo fuimos, no quiero que estés sola, no es buena compañera la soledad, tu le diste claridad a mi vida, busca ahora tu luz.


TE QUERRE TODA MI ETERNIDAD.


ADIOS MI LUZ. ANDRES.



Lucia miró al cielo, estaba cubierto por un manto de estrellas, abrazó aquel trozo de papel en su regazo y se le escaparon lágrimas de impotencia y dolor, se acurrucó dentro de la manta buscando el calor de Andrés y estuvo llorando toda la noche en silencio, hasta que llegó el alba.
Amaneció de nuevo el día, Lucia se sentía triste, las palabras escritas por Andrés resonaban en su interior…

¡VIVE LUCÍA!

No quería estar triste cuando llegase Santi, se dirigió a la ducha y se dejó abrazar por el calor del agua, que dejó correr por su cuerpo durante un buen rato y como hacía cada mañana, levantó los brazos como si quisiera abrazar al cielo.
Cuando su hijo llegó, estaba preparando el desayuno –pasa hijo, estoy haciendo café, ¿te apetece? –le preguntó.
-¡Claro mamá! Huele de maravilla. –le contestó
Desayunaron tranquilamente mientras charlaban -¿sabes mamá? Me gusta esto –le dijo- creo que me quedaré una temporada aquí, seguro que encontraré un trabajo con el que subsistir y mantenerme ocupado.
Lucía quiso volver a al realidad después de esa semana desconcertante, agitó la cabeza, como queriendo deshacerse de su tristeza, le acarició el pelo, buscó sus ojos y le habló de Brus, quizás él le pudiese orientar.
-Está bien mamá, hablaré con él. Dame un beso, luego te veo, voy al pueblo.
Lucia se quedó en casa, fue al almacén. Antes había sido un cobertizo para guardar las herramientas del campo. El techo era transparente, lo reconstruyó cubierto como una bóveda de metacrilato por donde entraba toda la luz que emanaba del cielo y allí se perdió entre lienzos, pinturas, colores, cuadros y esculturas.
Brus estaba en su taller. Su trabajo era puramente artesanal.
-¡Buenos días! ¿Brus? -éste asintió con la cabeza- Buenos días –le contestó- ¿tu dirás? –le dijo acercándose mientras le tendía la mano.
-Hola, soy Santi, el hijo de Lucía, mi madre me ha hablado de ti, te cuento; he venido a pasar una temporada cerca de mi madre y busco algún trabajo. Estoy acampado en el Camping. Suelo viajar en caravana, ¡como los caracoles, con la casa a cuestas!, me preguntaba si sabrías a quien o a donde puedo dirigirme…
-Bueno…, la verdad es que a mi me hace falta que me echen una mano, tengo un pedido importante y se me echa el tiempo encima, este trabajo es todo artesanal –le fue contando Brus- pero claro, no da para tener un empleado todo el año, pero si que me vendría bien que alguien me ayudase unos meses.
-Bien, sería interesante, me gusta aprender nuevos oficio y más si son artesanales, ¡soy un “manitas”! ¿Sabes? –Le increpó Santi –y posiblemente me quedé hasta la entrada del invierno, ¿así que si quieres? ¡Estoy disponible!
Brus se rió -¿qué te hace gracia? –le preguntó Santi.
-¡Anda, que entre tus pelos y los míos…! ¡Vaya par de melenudos!, nos van a sacar una canción!
Santi también sonrió, le gustaba aquel hombre.
–Aunque tengo que decirte –prosiguió Brus- que soy muy metódico en el trabajo, me gustan que se hagan las cosas bien y sobre todo la puntualidad.
-¡Perfecto! Imagino que serás un buen maestro –le dijo Santi, guiñándole un ojo copartícipemente.
-Venga, decidido, empezaremos mañana, ¡por cierto! Hace días que no he visto a tu madre, ¿se encuentra bien? –preguntó Brus.
-si, está bien, hemos estado unos días en Valencia, arreglando papeles, ya sabes…, volvimos anoche.
-¡Pues nada…! Me alegro de que estéis de vuelta, te espero mañana prontito. –Le dijo Brus tendiéndole la mano- ha sido un placer- le contestó Santi ofreciéndole la suya –Hasta mañana, jefe.
Al día siguiente acudió a trabajar a la hora convenida, puntual. Brus ya le tenía preparado lo que tenía que hacer y fue enseñándole los secretos y habilidades del trabajo. Santi se sentía bien trabajando allí y cogieron confianza rápidamente. Por las tardes Brus atendía sus deberes derivados de su cargo como Alcalde. Santi le acompañaba casi siempre, se habían convertido en buenos colegas, unidos por su trabajo para el renacer del monte.
Santi, había viajado considerablemente y conocía a mucha gente. Les fue llamando y contando la historia de Dakamun, muchos de ellos acudieron a la llamada con el propósito de ayudar en el proyecto, aún no era temporada alta pero el pueblo para el turismo, pero el pueblo se llenó de gente y eso era bueno a todos los niveles. Los días fueron pasando y la incipiente amistad entre Brus, Lucía y Santi se fue afianzando.
Lucia por su parte contactó con varias galerías de arte que se interesaron por su obra, pero les puso la condición de que las exposiciones tuvieran lugar en Dakamun, en cualquiera de los antiguos edificios que habían sido restaurados. Su intención era hacer llegar al pueblo la máxima cantidad de gente posible, y esa era una buena manera. Hizo las exposiciones, tanto de ella, como de los colegas de profesión en los edificios más emblemáticos, dándoles así el encanto y la magia que caracterizaba el fusionar lo antiguo y lo moderno. Adoptaba también el papel de mecenas, para artistas noveles, programando concursos de todo aquello que estuviese relacionado con las bellas artes existentes, tanto pintura y escultura, como música, literatura o danza, incluyendo también las escénicas. Contaba con cierto prestigio en estos horizontes. Fue un año maratoniano, entre cursos, exposiciones, encuentros literarios, jornadas de danza, de percusión, pases de cortometrajes, tanto a nivel nacional como internacional. Charlas sobre el medio ambiente, Simposios sobre los montes. Se movieron a todos los niveles, teniendo un excelente éxito, siendo casi siempre el tema a tratar, el mar, las montañas, el agua y el fuego. Cada uno de los muchísimos visitantes aportaba su granito de arena de una forma u otra.
Lucía y Brus sabían que no iban a ver aquellos montes con el verdor que les caracterizaba, totalmente repoblados, pero sí lo harían los hijos de los hijos del pueblo y esa motivación les hacía seguir adelante y estar cada vez más unidos por el trabajo que estaban desarrollando.
Lucía también contactó con sus compañeros docentes y se organizaron excursiones en las que los pequeños y mayores también plantaban arbolitos y plantas autóctonas, siempre bajo la supervisión de los guardas forestales. Los niños estaban en contacto con la naturaleza y se les enseñaba que era lo que nunca debían hacer cuando iban al monte, lo que era necesario trabajar para conservarlo y las consecuencias de los incendios.
Así los meses fueron pasando.

Un día Lucía se despertó sobresaltada y sudorosa, sin saber porque. Era tarde, solía levantarse al amanecer, con los primeros rayos de sol. Salió de su habitación y se dirigió al porche, eran las diez de la mañana, se quedó mirando el horizonte, algo extraño sentía dentro de si.
Se dirigió al almacén que había habilitado para su trabajo. Cogió uno de los lienzos en blanco que tenía y empezó a dibujar sin saber muy bien el qué.
El azul del mar, el verde de los árboles, el blanco de las nubes, y cuando se dio cuenta, pincelada a pincelada había dibujado la silueta de Brus. Lucia estaba de espaldas a la puerta, se quedó mirando el lienzo y tan absorta estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta de la presencia de Brus apoyado en el marco de la puerta, observándola en silencio como ella dibujaba el rostro de su amor. Lucía se dio la vuelta lentamente, sus miradas se cruzaron. No hicieron falta palabras. Brus se acercó y la tomo de las manos. De los ojos de Lucía se escaparon unas lágrimas. Brus le acaricio el rostro y se las besó, ella se dejó abrazar, buscó su rostro y lo besó con ternura. El la cogió en brazos dejándola dulcemente sobre un diván con dosel que había restaurado Lucía, y allí entre cuadros por terminar, pinceles y aroma a colores pintaron el lienzo blanco de su amor recién encontrado. No les importó su diferencia de edad, ellos se sentían por encima de aquellas cosas tan banales, se dejaron llevar por la verdad de sus sentimientos hasta la llegada del atardecer.
Ellos habían hecho renacer el bosque y éste les compensó, llenándoles de amor.
A lo lejos, en el cielo, se veía la estela de colores que dibujaba una avioneta.
FIN.

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